lunes, enero 8

¿Cuánto tiempo tardamos en tomar una decisión?


Hace unos días estaba reflexionando sobre una decisión que venía tomando a medias, de a poco, a veces olvidando, volviendo a retomar desde distintos puntos de vista. Se trataba de esos proyectos que se van acumulando a lo largo de los años y nunca le ponemos demasiadas fichas. ¿Era momento de apostar? ¿Era momento de suspender? Sobre estas cosas estaba cuando me pregunté, más allá de todo, ¿cuánto tiempo tardamos en tomar una decisión?
Me acordé de la película Inception, o El origen, con Leonardo Di Caprio, tan excelente siempre. Cómo las ideas son cultivadas, desde una pequeña semilla, una idea, un concepto, una imagen, y van creciendo hasta transformarse en acciones. Concretas. Que nos cambian. Que liberan en el acto un montón de energía, ganas, ilusiones que albergamos alrededor de esa semilla.
Antes de la gran decisión hay que hacer un montón de ensayos. Personalmente creo que la decisión no lo es sino hasta que sé a qué estoy renunciando y cómo voy a hacer el duelo por aquellas cosas que voy a dejar. La renuncia es lo más importante. Es casi más importante que la decisión. Para mí, renunciar es horrible, porque aquello que dejo es un poco de personalidad, un poquito de mí que va a ir tras el telón, quién sabe por cuanto tiempo quizás por siempre. Por eso me gustan los ensayos. Un día, una semana, un mes, pruebo mi proyecto nuevo, mi rutina nueva, mis nuevas prioridades. Y observo callada la falta de lo que queda atrás. Después vuelvo a mis pasiones, obsesiones, placeres. Vuelvo a pensar.

En esto de volver andaba, cuando tomé la decisión por fin. Qué buenos que son los comienzos de año, que imprimen de energías nuevas los proyectos, acompañando el nuevo orden de las cosas.  

domingo, marzo 26

En los juegos se reconocerán

   Había una vez un niño que jugaba. A espaldas de los dioses, jugaba. Y los dioses cuidaban, con sus ojos curiosos y atentos, su felicidad. Creo que se llamaba Pablo, pongámosle Pablo a falta de un nombre más cierto. Pablo jugaba pensando que nadie veía. Era tan feliz con su libertad y su creatividad. Era dueño de todas las cosas, su mente, su palabra, su amor. Un amor que una vez tuvo nombre, ya no.
   Digamos que ella existió. Que tenía unos frágiles cabellos rubios, hasta los hombros. Tan pequeña como él; tan cerca de los dioses como él. ¿Acaso tenía nombre? No me viene a la mente ningún nombre que le haga justicia.
   El tiempo fue tejiendo poco a poco, aunque de forma inminente como cauce natural, como ley de gravedad, la forma de la caída. Pablo no se dio cuenta, ella tampoco. Ellos jugaban, ellos estaban jugando y yo no pude avisarles. ¿Acaso había que avisarles? Fue, en realidad, algo hermoso. Pero aún no está del todo claro.
   Pablo y Ella de verdad se aman. Sí, son niños, y también aman a quien los hace felices. Y lo expresan jugando. Pablo y Ella se conocen, se reconocen uno en el otro, se hacen felices al mismo tiempo humano (el lineal, no el circular), sin esperar.
    Pero entonces ocurre que los dioses ponen la regla donde hay que medir el tamaño universal de las cosas, en el tiempo circular. El tamaño universal del amor. El que no tiene nombre, excepto para el hombre, excepto para la mujer, excepto para aquél/aquella que busca ponerle un nombre a todas las cosas.
    Sin advertencia alguna, el dedo de los dioses (¿las diosas?) marcó una espesa línea blanca entre Pablo y Ella. A mí no me gustó, pero creo entender, cuando despierto.
    Los niños que jugaban dejaron de verse por un segundo, mientras el dedo corría un velo frente a sus ojos.
    Luego volvieron a verse, ya sin poder reconocerse.

    Pablo conserva en su pequeña manito una sola cosa; la lista de juegos que con Ella compartía. Esos eran los juegos que ambos repetían hasta el cansancio. Él conservaba la lista. Él los había anotado, para nunca olvidarse. Quién sabe si Ella hizo lo mismo, no lo sé. Lo único que pienso mientras veo a Pablo mirar su pequeña lista es, seguí jugando, Ella te va a recordar. Ella te va a reconocer en los juegos. Pablo, vos también vas a recordar. Y vas a volver a amar, igual o mejor que antes. Seguí jugando.

lunes, enero 2

La esperanza y mis niños interiores

La esperanza es esa variación electromagnética que pone los pensamientos a levitar y los pies a enraizar; como enchufes de un pedacito de cielo que quiso tomar agua.

Los pobres de esperanza se han caído del cielo y no tienen ninguna dirección. Entonces toda la tierra es una inundación. Pero nada se siente como en casa. Todo se percibe en una extranjeridad forzada; esa obligación de estar vivo, de sobrevivir, comer, cambiarse de ropa.

Todos los niños quieren vivir. Todos menos uno. El que extraña su casa. Ahí, en el cielo. Para qué vas a explicarle las cosas. Este niño está aquí en el lado izquierdo de mi pecho. Por lo general está durmiendo. No es así como se hacen las cosas. No se pueden dejar las cosas así.

Entonces la mujer dijo, “lleva tiempo”. Volvé a tomar las cosas donde las dejaste”, dijo. Además dijo “nadie va a salir herido si vos hablás”. Esa mujer nos dio permiso para hablar.
En el fondo de nuestro jardín interior había un nogal. Cada nuez tenía un recuerdo. Los recuerdos caían al madurar y otro nogal empezaba a nacer. El jardín de pronto se tornó inaccesible. Podría pasar horas, días, meses, apreciando mi hermoso jardín. Pero los niños ya no pueden jugar allí porque se chocan. Y la pena entra. Eso. Eso es no hablar.


Para ser budista hay que saber talar. Porque mirando el río no se despeja el jardín. Porque en la palabra nace la libertad, y en la supervivencia del otro, madura. Los niños de mi jardín no saben callar, los niños de mi jardín construyen universos por medio de conjuros verbales. Pero sobre todo, sobre todas las cosas, se construyen a sí mismos con palabras de amor.

sábado, agosto 6

Dejen que los niños jueguen

Dejen que los niños jueguen
dejen que sientan,
sin condiciones.

Dejen que los niños sean
creen, se definan
sin juicios.

Dejen que los niños moldeen la libertad
que los abraza cada día
como a nosotros hace mucho no nos abraza.

¿Cuánto tiempo tendrá esta nueva libertad?
¿Cuánto tiempo pasará hasta la primer herida que se imprima imborrable en su memoria virgen?
¿Cuánto tiempo pasará hasta que el niño construya su nueva coracita, guardando para sí la suavidad de la inocencia vivida hasta entonces?
¿Cuánto tiempo pasará mientras el niño construye?
¿Qué haremos entonces, los adultos, mientras el niño construye?
Es tiempo emergente. Es tiempo urgente. Díganle al niño,
¡rápido!
cuánto lo sienten.

“Amor. Cuánto lo siento. Lo siento mucho. Lo siento como un corazón para cuidar hasta que sane.”

Mientras el niño construye, las palabras se tejen absurdas, mas coordinadas.
Las palabras dichas, tan sólo las dichas. Tan sólo las dichas.

Es tiempo emergente. Es tiempo urgente. Díganle al niño,
¡rápido!
cuánto lo sienten.

Muchas personas cuidan al niño.
Nadie puede entrar a su coraza.
Excepto que conozca
las palabras mágicas, las grandes ausentes, las que faltan en su rompecabezas.


“Amor. Cuánto lo siento. Lo siento mucho. Lo siento como un corazón para cuidar hasta que sane.”

domingo, septiembre 20

Elijo la esencia

Elijo la esencia. La forma caída de un cajón de inventario clasificado, no.
Odio tanto las tontas frases llenas de polvo.
Que a veces es más el tiempo que paso tapando las grietas que dejan. Pero sé elegir. Sé elegir cómo pasar el tiempo de otra manera, por ejemplo, contando hormigas. Prefiero contar hormigas hasta que mi mente pueda sobreponerse a aquella otra gota que marcó la piedra mientras yo perseguía liebres, tan rápidas. Okey. Mi mente está okey. Ella se encuentra bajo mi tutela.
Sé lo que quise decir. Y no voy a remendar los rotos de otros muertos, ya no hago servicio gratuito. Y el muerto está muerto hasta que demuestre lo contrario. Hay vivos aquí que buscan desesperadamente codificar un mensaje, y los muertos de allí, señalizando el polvo como si yo fuera fósil buscando vitrina. Estoy viva y me autodetermino.
Parió el tiempo una idea y aquí la sostengo, como siempre, sin esperar pleitesía sino un furioso momento de sincronía.