Quizás hoy me escuchen.
Quizás hoy me escuchen y sienta ese calor humano que andaba buscando con tanta ansiedad. Necesitaba saber que aún sirvo para algo, que tengo más vida por vivir.
Es una tarde preciosa y tranquila, y yo acá temiendo por todo. Bueno, no es todo. Por suerte. Pero temiendo mucho y cansada.
Las tardes preciosas solían ser para crear, para amar, para planificar. Hoy se me escapan entre los dedos casi todas las horas y luego en un minuto vuelvo a sacar la cabeza del enjambre y respiro el delicioso aroma a flores. Y pienso de nuevo. Cierto. Ya llegará otro momento mejor que este. Ya encontraré otro ángulo. Uno bueno. Que me sirva. Que no me asuste.
Extraño la paz. La paz desapercibida.
Cuando hoy siento la paz la agarro desenfrenadamente y la respiro, la meto en mi piel, la repaso, la justifico. Y allí es cuando se va.
Paz porque si. Paz de regalo. Paz de a montones. Paz que aburre.
No sé cuál es el ángulo todavía. Pero estoy completamente segura de que lo voy a encontrar.
Uno para jugar. Para hacerse la otra. Para meter mano soñando. Para construir los castillos como quien no quiere la cosa. Para hacer una fiesta en el patio cada noche. Reírse de la nada.
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